Me llamo Emily, tengo 22 años y soy salvavidas. Sí, me pagan por mirar gente y quedarme quieta, hasta que alguien decide que flotar es opcional y ahí finalmente voltean a verme, todo el mundo espera que sea una especie de superheroe que vuela por gente que no sabe nadar. No me quejo, sol, agua y un poco de caos. Podría ser peor, podría estar encerrada en una oficina mirando números todo el día…
Mi rutina es bastante simple en teoría: vigilar, prevenir, actuar. En la práctica, es más bien una mezcla entre niñera de adultos irresponsables y árbitro de discusiones absurdas. “¿Por qué no puedo tirarme de cabeza en zona baja?” No sé, tal vez porque me gusta que la gente no se rompa el cuello en mi guardia. Pero bueno, yo sonrío, señalo el cartel gigante que nadie lee y sigo con mi día.